El cronómetro Marino

Aunque sea sorprendente, la mayor parte del intenso tráfico mercante de las grandes potencias coloniales de los siglos XV al XVIII se realizó en condiciones de navegación precarias.

 

Los ingleses con sus frecuentes viajes a la India, Australia, el continente americano o la lejana China; los españoles con sus continuas singladuras a Sudamérica, el Caribe o las Filipinas; los holandeses, los franceses o los portugueses, todos ellos navegaron los cinco océanos de la tierra transportando oro, especias, te, marfil, caucho, tejidos exóticos y todo tipo de mercaderías, básicamente sin saber por dónde iban.

 

 

En efecto, el marino de la antigüedad ya poseía el secreto de la latitud, e instrumentos como el astrolabio o la ballestilla le permitían saber con bastante aproximación cual era su altura respecto al Ecuador. Pero el dato de la longitud geográfica, la otra “pata” de la posición por coordenadas, resultó esquivo para el ser humano hasta bien entrado el siglo XVIII.

 

 

 

Por entonces, la cartografía disponible era abundante y relativamente exacta, así que se sabía de dónde salir y hacia dónde apuntar la proa. Pero sin la longitud, a los pocos días de abandonar la vista de la costa, la situación del buque era mera conjetura. Una posición estimada que se iba deteriorando con el paso de los días.

 

 

Los portugueses, por ejemplo, en sus viajes de vuelta de América, ascendían poco a poco hasta interceptar el paralelo que pasa por Lisboa, y luego viraban al Este hasta que se tropezaban con ella.

Ni que decir tiene que este tipo de navegación no era sólo anti económica: era también peligrosa. Con tiempo bonancible no había de qué preocuparse, pero en mitad de la noche, con niebla o metidos en un temporal de fuerza 8, uno podía fácilmente acabar sobre unas rocas, casi de forma inevitable.

 

Los grandes clippers del té que traían la primera cosecha desde China, catedrales de tela que volaban por el mar devorando 300 millas cada 24 horas, montados en los vientos portantes de los rugientes 40, obtenían precios elevados en Londres... si llegaban los primeros.

Para los siguientes había mucho menos premio. Y claro, llegaban antes aquellos que eran capaces de realizar una navegación más precisa. 

 

En cuanto a los barcos de guerra, a nadie se le escapa la ventaja estratégica que se deriva de saber exactamente cual es tu posición y cual tu ruta.

Así pues, el dato de la longitud se fue volviendo tan necesario y acuciante que pasó a ser asunto de estado, desde principios de 1700, para las metrópolis de los respectivos imperios. Los españoles, los ingleses y los franceses establecieron fuertes recompensas para aquel que fuera capaz de implementar un método seguro de conseguirlo.

 

Pero... ¿Cómo se podía obtener el dato ansiado?

La forma más "simple" consistía en llevar a bordo un reloj preciso y fiable que conservara la hora local del puerto de salida. (Los ingleses siguen diciendo, no que un reloj “da la hora”, sino que “la conserva” (it keeps the time).

Obtenida la hora a bordo en cualquier día de navegación subsiguiente mediante la observación del sol, la diferencia horaria podía traducirse en grados de longitud, y por lo tanto en millas. Pero claro, en aquella época, los relojes mecánicos funcionaban con un péndulo y recibían la fuerza desde pesas colgando, ambas cosas impracticables en un barco en movimiento.

El dato de longitud exigía la presencia a bordo de un reloj de calidad cronométrica, sin pesas ni péndulo, capaz de funcionar en el inestable y exigente entorno marino. Un reloj que conservara la hora del meridiano de referencia a pesar de los bandazos, los golpes de mar, la humedad, el salitre y el calor o el frío extremos, día tras día y semana tras semana.

 

  

Ese reloj no estuvo disponible hasta 1736, y tuvo que venir de la mano de un... carpintero.

En efecto, es John Harrison de Yorkshire, Inglaterra, hijo de carpintero y carpintero él mismo, el que tiene el honor de haber concebido y realizado el primer cronómetro marino digno de tal nombre. De hecho, algunos de los piñones grandes de esta magnífica máquina son de... madera de encina.

Inclinado a la mecánica desde muy joven, de espíritu inquisitivo y de una gran habilidad y constancia, Harrison no cesó de investigar y trabajar hasta ir resolviendo uno a uno los retos que planteaba el funcionamiento consistente de un reloj embarcado. Tardó 31 años.

Es verdad que su CRONOMETRO H1 era bastante pesado y tenía el tamaño de una lavadora... pero eso encontró remedio en sus sucesivos modelos.  

 

Los campos fundamentales en los que trabajó Harrison, en su búsqueda del reloj embarcado, fueron estos:

    1) Sustitución del péndulo por un volante, (en realidad dos volantes contra rotatorios), y su refinamiento y mejora.

    2) Sustitución de las pesas por la fuerza de un muelle, y el trabajo necesario para conseguir una entrega uniforme del par.

    3) Uso extensivo de metales con bajo coeficiente de dilatación en unas zonas, y bimetales para compensación térmica en otras.

    4) Exquisita mecanización a la búsqueda del mínimo rozamiento, incluido el uso de rodamientos.

     

     

Harrison no era un constructor de relojes, y su trabajo se sustentó en las invenciones y mecanismos de los maestros relojeros de la época. Pero tuvo el valor, la constancia y la habilidad de reunir en una máquina todo lo que era necesario para hacerla funcionar a bordo.

Los viajes marítimos con sus relojes, bajo supervisión del Almiantazgo, resultaron una sucesión de éxitos. Pero al lector que tenga ya algunos años no le extrañará saber que sus disputas y desencuentros con aquellos que debían librar los fondos prometidos, a los que se había hecho acreedor, fueron constantes y le amargaron la vida.

 

 

En fin. El caso es que ahí comezó una historia, un carrera artesana y tecnológica, y una guerra soterrada entre manufacturas, instituciones y países, que dio luego lugar a algunas de las piezas de relojería mecánica más hermosas, precisas y maravillosas de la construcción humana.

Dent, Kullberg, Mercer, Arnold por el lado inglés, Nardine en Suiza, Berthoud y Le Roy en Francia, Wempe en Alemania, Losada en España, Hamilton en USA, y muchos otros fabricantes a lo largo y ancho de la tierra mejoraron, pulieron, afinaron estas maravillas mecánicas hasta llevar el arte relojero a la cúspide de la precisión y la belleza.

Un cúspide de donde serían desalojados de una manera un tanto ignominiosa por unos pequeños y vulgares relojitos a principios de los años 1960. Los relojes de cuarzo. Una pena.

 

 

 

 

Afortunadamente, quedan ejemplares suficientes en el mundo para colmar el deseo del coleccionista interesado. Ejemplares que son testigos vivos de la fuerza del ser humano empujando los límites de la ciencia y de la técnica.


Ricardo Castro Valdomar,

Miembro de la National Watch & Clock Collectors Association.

Elda, Marzo de 2010. 

"Cajón Desastre”

Antigüedades Técnicas.

 

 

 

 

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