Un poco de historia...

 

Desde finales de 1700 a mediados de 1900 el mundo occidental se encuentra en efervescencia.  

 Se ocupa completamente América del Norte, que posee una enorme cantidad de recursos naturales. Existe una población joven y pujante que se extiende como una mancha de aceite, y cada vez consume más útiles, herramientas, implementos, máquinas, ropa, y todo tipo de mercaderías.  

El imperio inglés se extiende por la India, China, Australia y vastas áreas en otros lugares de la Tierra. Los franceses ocupan grandes extensiones de Africa, el Caribe, el Pacìfico. Los imperios español y portugués, aunque en decadencia, generan también un contínuo tráfico mercante. El intenso comercio en el mundo impulsa con fuerza la aparición de variados  instrumentos náuticos. La riqueza generada propicia la manufactura de nuevos artilugios de confort o de placer.  

La vieja Europa, aunque a menor ritmo, está inmersa en un proceso de industrialización y progreso similares. Es en estos años donde se produce un despegue espectacular en la aparición y difusión de las antigüedades técnicas que nos ocupan.  

Los avances en el campo de las armas, la industria del vapor, la medicina, la observación astronómica, la aparición de la electricidad industrial, las comunicaciones, la fotografía, la óptica, dan lugar a una continua aparición de toda clase de artilugios mecánicos.  

Se conciben y luego perfeccionan máquinas de coser, de escribir, de calcular. Microscopios, catalejos, teodolitos y telescopios. Cajas de música, pianolas, organillos, fonógrafos y gramolas. Luego telégrafos, teléfonos, radios. La necesidad del ansiado dato de la longitud geográfica, en los largos viajes oceánicos, proporciona un impulso formidable a la relojería. Se fabrican grandes cantidades de instrumentos musicales, de máquinas registradoras, de motores eléctricos, de instrumentos para la medicina. 

 

 Afortunadamente muchos de esos objetos se han conservado, aunque algunos de ellos lleguen a nuestras manos en un estado no tan bueno. Son pequeños retazos de historia que sin duda “dicen” muchas cosas. Son objetos que hablan de esfuerzo, de imaginación, de perseverancia, de trabajo, de ambición, de inteligencia y de empuje.

Algunas de estas máquinas son obras maestras, y muchas de ellas tinen una calidad de fabricación y de manufactura que ya quisieran para sí alguno de nuestros actuales bienes de consumo. 

 La restauración de antigüedades técnicas impulsa a bucear en la historia del ser humano, en sus afanes, sus miedos, sus desvelos y sus logros. Cada vez que cae en nuestras manos uno de estos artilugios, la inevitable  investigación que sigue nos deja muchas veces perplejos. Sorprende por ejemplo el hecho de que en pleno siglo XVIII hubiera feroces guerras comerciales, robo de patentes, o espionaje industrial. Nada nuevo bajo el Sol, como vemos.

 

También historias de superación y esfuezo, de lucha incansable, de búsqueda de progreso, de afán por  descubrir.

Quiero pensar que, cuando devuelvo a la vida uno de estos aparatos, es como un humilde homenaje a los hombres que los impulsaron.

Ricardo Castro.

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